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Exaltados por las leyendas, glorificados por alguna literatura y
la cinematografía de aventuras, los piratas, corsarios, filibusteros y
bucaneros encontraron –ciertamente- su reino en las aguas,
archipiélagos y puertos del Caribe.
Fue una realidad sangrienta y salvaje como la conquista y
colonización de América, marcada por el filo de los sables, el fuego de
los cañones y la cólera de los protagonistas. Un período signado por los intereses europeos en los siglos XVI, XVII y XVIII, por el reparto
y saqueo de los vastos territorios y riquezas del Nuevo Mundo.
Comenzó
antes de 1520, con 4 etapas cruciales:
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Francés: de 1550 a 1586, caracterizado
por los enfrentamientos entre Madrid y París por el dominio del Caribe.
Aparecen las primeras fortalezas en el Nuevo Mundo, en Cuba: el
Castillo de la Real Fuerza.
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Inglés: de 1586 a
1625, marcado por el diferendo entre los monarcas Felipe II e Isabel I.
Es el momento de las grandes batallas navales y los abordajes masivos.
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Holandés:
de 1625 a1640, inicio del declive, e instante en que aparece en la
historia naval cubana su primer pirata conocido: Diego Grillo.
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Declive:
de 1640 en adelante. Un período que se distingue por el asentamiento
definitivo de las colonias; surgen posibilidades económicas menos
agresivas, muchos filibusteros se deciden por el comercio de
contrabando. Aparecen los Bucaneros. La toma de La Habana por los
ingleses (1762) contribuyó a disminuir los movimientos piratescos en
buena medida.
Cuba fue atacada en numerosas ocasiones. Las acciones de piratas y corsarios
contra villas cubanas o sus movimientos en aguas del país tienen sus
inicios en 1537, al sur de la actual provincia de Pinar del Río. Entre
otros bandidos del mar, la atacaron prominentes corsarios como Francis
Drake, Jean-Francois de La Roque de Roberval, Jacques de Sores y Nau el
Olonés y John Hawkins. Por sus aguas, caletas, ensenadas y cayos
trasegaron, se movieron u ocultaron otros como Francois Le Clerq (“Pata
de Palo”).
Rol significativo en ese sentido lo desempeñó la Isla de la Juventud, segunda en importancia del país.
Durante los siglos XVI, XVII y XVIII sirvió de refugio obligado a
los filibusteros que navegaron por las Antillas bajo el mando de
capitanes como Diego Grillo, Francis Drake y John Hawkins, entre
otros. Quizás el último de ellos fue precisamente un hijo de la ínsula, al que llamaron “Pepe el Mallorquín”, cuyas tropelías fueron conocidas en 1822.
Se dice que Robert Louis Stevenson situó en esta bella ínsula el escenario de su famosa novela La Isla del Tesoro.
Antiguos tesoros que descansan en hermosos fondos marinos y las
leyendas transmitidas entre los lugareños acerca de millonarias
riquezas enterradas en bosques y páramos, son los únicos vestigios que
recuerdan la turbulenta época que impuso a la geografía de la ínsula un papel protagónico en pugnas y rapiñas.
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